La ficha del cliente
Lo que convierte una cita suelta en alguien que vuelve.
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Transcripción
Cada vez que alguien reserva, su ficha se crea sola. Esta pantalla es esa lista, y vale más de lo que parece: es la diferencia entre tener citas y tener clientes.
El nombre, el contacto en una sola columna, y otra que se suele pasar por alto: cuántas citas lleva. Ahí está su historial resumido en una cifra.
Con esa columna sabes en dos segundos quién es cliente de toda la vida y quién vino una vez. No es lo mismo atender a uno que a otro.
Si tienes varias sedes, puedes filtrar por sede y cada ficha guarda su sede preferida, que es a la que suele ir.
Y si vienes de otra agenda o de una libreta, no hay que teclear nada: Importar contactos sube la lista de una vez.
Al abrir una ficha está el interruptor que más consecuencias tiene: si el cliente recibe notificaciones o no.
Apagarlo lo saca de las campañas, de la reactivación y de los recordatorios. Lo único que sigue llegándole es la confirmación de una cita que él mismo acaba de hacer, que es la respuesta a algo que pidió.
Debajo va lo que no cabe en ningún campo. Y según tu oficio, la ficha trae lo suyo: en un negocio de mascotas, cada cliente lleva sus mascotas con raza, tamaño, peso y avisos como «arisca con extraños».
Eso no es decoración: es lo que evita que el profesional se entere de que el perro muerde justo cuando lo está bañando.
Y arriba hay una pestaña que conviene mirar una vez por semana: «No han vuelto». Son los que ya te visitaron, llevan tiempo sin aparecer y no tienen cita. Con un mensaje de WhatsApp listo para enviar.
Si esa pestaña te sale vacía, no está rota: es que no tienes a nadie por recuperar. Lo que falta es mirar los números de todo esto.